Brochero: Un sacerdote ejemplo para todos

rv12847_articoloEl cardenal Santos Abril y Castello presidió la Eucaristía previa a la Canonización del Cura Brochero, en la Basílica Mayor de la que es Arcipreste, Santa María la Maggiore. A continuación, reproducimos su homilía.

En esta basílica de Santa María la Mayor, a todos ustedes  llenos de una alegría especial, por que adelantamos con esta misa ya , dando gracias ya al Señor por lo que el Santo Padre va a proclamar, a un hijo de la Argentina que será declarado Santo de la Iglesia, un sacerdote de la Iglesia que va a ser declarado ejemplo de manera para todos los demás.

Una figura que sé que ustedes conocen mucho, que la aman, ha ido creciendo, lo sé, la estima y el conocimiento del Cura Brochero a lo largo de todos estos años. Durante mi permanencia en la Argentina fui testigo de ello, de cómo ese conocimiento y ese amor y admiración y amor por él iba surgiendo, se iba conociendo mejor su figura, se iba conociendo mejor todo lo que él había realizado, no solamente allí en su zona nativa, Brochero, sino también en las otras zonas y además hay que tener en cuenta que los lugares en los que trabajó, dadas las distancias, que en la Argentina no son tan pequeñas, iban siendo evangelizadas y a las que llegaba la Palabra, el ejemplo, la admiración que él suscitaba por lo que él iba haciendo.

En más de una ocasión he pensado después que esta figura estupenda, del sacerdote, verdadero sacerdote, resumía e indicaba muchas de las cosas que otro gran argentino, el Santo Padre actual, nos va proponiendo a toda la Iglesia.

El saber amar, amar a todas sus gentes, amar con todo el corazón hasta dedicarse y entregarse a todos los demás; saber tener esa palabra que el Santo Padre ha tantas veces repetido, especialmente durante este Año Santo: aprender a ser misericordiosos, a servir con misericordia, con amor a los demás. Y de esta manera se va haciendo la Iglesia.

Por eso comprenden que para mí sea un motivo de gran alegría, y por eso acepté inmediatamente cuando me propusieron celebrar con ustedes esta Eucaristía, aquí en la Basílica como Arcipreste de la misma, acepte con mucho gusto, porque tengo muchos recuerdos y muy buenos de mi permanencia en la Argentina, del contacto con los Obispos, los sacerdotes y con tantos lugares de las diócesis, no de cada parroquia, casi todas las dióceis; por eso me alegro hoy de podernos reunir en esta Iglesia de la Madre, la Madre común para dar gracias al Señor por este Don nuevo de la Iglesia,  que nos da a la Iglesia esta Providencia del Señor que nos va a indicar, a través de la palabra definitoria del Santo Padre mañana.

Tener un sacerdote que siendo connacional, inspira más, conoce mejor a sus gentes y por eso puede ser una guía más eficaz, si es posible más, en el camino de la vida cristiana.

Él supo ser un magnífico sacerdote; el sacerdote que sabía – que el Santo Padre define con palabras tan características suyas-: saber ir a las periferias, para ir a aquellos que quizá no son los más atendidos, sino mejor atendidos, sino saber acercarse a ellos, los que tenía más cerca y todos los que a él se acercaban, pidiendo el espíritu de amor eclesial integro, y saber cumplir con ese mensaje que él quería dar a los demás, el mensaje de Jesús, el mensaje del Evangelio, con un gran espíritu de cercanía, de comprensión, de eso, que como decía antes, que el Santo Padre ha definido, sobre todo este año, como la misericordia, que es en definitiva comprensión.

Dada así, por cariño a las personas, dada en nombre de la humanidad, de un entender la dignidad de los demás,  dada desde al afecto; desde una fe vivida auténticamente, desde una fe que quería proclamar a todos los que podía llegar, incluso, con el deseo de llegar mucho más lejos, saber hacerlo esto en nombre de su fe y en nombre del amor que esa fe suscita y por la que nos ayuda a caminar para que de esa manera el paso de un sacerdote, siga siendo el paso que es una bendición para que los que reciben la obra suya, que son testigos de su manera de vivir y de recibir los sacramentos que él está llamado a poder dar a los demás.

Este es el motivo de nuestro amor, por eso estamos para darle gracias hoy al Señor, yo nombré hoy a alguien muy particular, porque mañana la Iglesia en la Argentina y la Iglesia universal va a tener este nuevo Santo que será un punto de referencia para todos, pero en especial para ustedes, los que vienen de cualquier parte de la Argentina, de Norte a Sur.

La Argentina, siendo tan grande en extensión, no pudo ser visitada toda ella, por el Cura Brochero, pero en su ilusión, en su deseo de poder llegar a los demás, no tenía límites y por eso es precisamente, que puede ser, y deber ser, un ejemplo para todos ustedes y para nosotros en toda la Iglesia, para saber vivir con ese espíritu de amor a los demás y de vivir desde nuestra fe.

Queridos hermanos y hermanas, no olviden esto nunca, nosotros cristianos estamos llamados  a saber enseñar a los demás. Santo Padre ha dicho en bastantes ocasiones, incluso con nuestras palabras; ese “incluso con vuestras palabras”, es muy significativo, porque quiere decir que lo haremos también, lógicamente, con las palabras, pero eso indicaba también un camino mucho más amplio, ante todo con la propia vida, con la propia manera de vivir a fe y de también de proclamarla a los demás, para que de esa manera, los que viven en las periferias religiosas y periferias humanas, puedan comprender a través de la fe, que nosotros lo proclamamos y de la manera como lo proclamamos, poder comprender la esencia de la vida cristiana.

Por eso es que queremos darle gracias a Dios hoy, porque tenemos ese nuevo ejemplo, y comprometernos también , de continuar cultivando, de conociendo cada vez más, una figura que nos debe llevar en nuestros tiempos al Señor y también a los demás, a Él a través de nosotros.

Es sumamente importante esto, es lo que a nivel universal, está haciendo de una manera tan ejemplar, tan extraordinaria.

Él que también ha venido aquí, lo saben ustedes, ha venido a esta Basílica en la que nos encontramos, solamente cuarenta veces desde que es Papa; he tenido la suerte de poder recibirle todas las veces y desde el primer día, porque ya lo hacía antes y hablamos de eso, y algunos que le decían: “Pero Santo Padre tiene devoción a la Virgen a este santuario de aquí, de Santa María la Mayor”.

Lo comentamos más de una vez, mientras yo estaba en la Argentina, sabía que él venía con frecuencia a hacer una visita a la Virgen; y por encima de todo, porque lo que más importa no es sólo una vocación.

Sé que él es un gran devoto, y quería mucho también a la Virgen de Luján, es natural,  en esa esencia, que es el amor a la madre de la Iglesia, y a través de ella vivir el amor a la Iglesia.

Vamos a pedirle hoy a nuestra Madre en esta Basílica, en este centro, el más importante desde el punto de vista mariano. Vamos a pedirle que de verdad nos enseñe ella, que estuvo tan cerca a su hijo, que nos enseñe a vivir esa cercanía, que sepamos vivir, lo escuchábamos en el Evangelio de hoy, cuando Jesús en la cruz, indica precisamente al discípulo que cuide a su madre.

Que sepamos recoger también nosotros esa palabra, porque en él estábamos todos nosotros,  y que sepamos acoger también esa magnífica invitación del Señor, para saber vivir como hijos de una madre buena, como dijo también el Cura Brochero, su devoción a la Virgen fue una de las características profundas en su vida. Que sepamos hacerlo y que ella nos ayude para mantenernos de verdad en la fidelidad a nuestra Iglesia, la fidelidad a nuestra Fe, una Fe vivida para que de esa manera podamos dar a los demás, el ejemplo ante todo de nuestra vida de fe y también, cuando sea posible, la palabra buena para poder ser en la Iglesia elementos positivos, personas que predican, que saben vivir en la propia fe y distribuirla también a todos los demás.

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